Morir de Amor

N

o es imprescindible que lo recordemos ahora, pero ustedes sabrán que en la literatura y en la vida real, hay numerosos casos de personas que han “muerto de amor”.
¿Es eso posible? ¿Es el amor una enfermedad del tipo del cáncer, por ejemplo? ¿O se trata de un virus mutante suprainteligente como el del sida? Y si es así… ¿no tenemos ninguna defensa ante ello, no hay una vacuna?

Vamos a analizar esta cuestión y nos va a llevar a dicho análisis la cantidad de personas, hombres y mujeres, que me consultan por su imposibilidad de formar una pareja a pesar de desearlo intensamente. ¿Qué les impide establecer vínculos duraderos con el sexo opuesto?

Siempre se ha considerado que la emoción opuesta al amor es el odio. En otros escritos, se dice que no es el odio sino la indiferencia. Más recientemente, se declara, con convicción suprema, que la emoción opuesta al amor es el miedo. En definitiva, en lo relacionado al tema del amor, sólo existe confusión. Nadie sabe de qué se trata y, por supuesto, yo tampoco.

Sin embargo, algo de realidad hay en todas las anteriores afirmaciones. Veamos: el odio es uno de los polos del amor, pero no lo opuesto de la misma manera que la oscuridad no es lo opuesto a la luz sino la ausencia de iluminación. La indiferencia, si buscamos palabras asociadas, tiene que ver con una actitud indolente, de abandono, de descuído, de desinterés e insensibilidad respecto a otro. En ambos casos, tanto en el del odio como en el de la indiferencia, existe un otro que me motiva a una acción destructiva o que no me impulsa a ninguna acción. Pongamos dos ejemplos: una mujer es abandonada por su marido para irse a vivir con su amante. La ex esposa siente un odio irrefrenable hacia ambos y, por momentos, fantasea con matarlos. Día y noche, hora tras hora, no puede dejar de pensar en ellos deseándoles todo el daño que, según ella, se merecen. Este odio es lo que hace que esa mujer siga ligada al ex – marido.

Otro ejemplo: vamos caminando y una anciana nos pide una monedas; vemos a la mujer en desgracia pero seguimos de largo: actuamos de manera indiferente hacia su miseria, pero la anciana ha existido para nosotros desde que la vimos hasta que decidimos no entregarle unos centavos. Luego nos olvidaremos.

En el caso del amor el fenómeno es diferente: no existe odio, por supuesto, porque no deseamos la destrucción del otro y, menos aún, ese otro nos resulta indiferente. Sin embargo, aquellas personas que tienen dificultades para comprometerse en un vínculo de amor, que nunca se juegan o se “juegan hasta ahí”, experimentan, sin saberlo, una emoción que tiene que ver con el miedo pero con un miedo proyectado hacia el futuro. Se trata del miedo a la eventual pérdida del ser amado que puede darse por varias razones: porque me ha dejado de amar, porque se murió, porque se enamoró de otro/a, porque lo/a raptó un OVNI, porque me pidió la separación, etc.. Estas personas anticipan, por su historia personal, la pérdida de lo amado con el consiguiente sufrimiento mezcla de tristeza y angustia profunda y una eventual caída en un estado depresivo todo lo cual produce un inmenso dolor. Para complicar el caso, se siente lo que se ha dado en llamar herida o injuria narcisista, que tiene que ver con la imagen idealizada que estas personas tienen de sí mismas y que se puede resumir en algo que se dicen: “¿Pero cómo me hace esto a mi… ¡A mi!? Para evitar todo este dolor se decide, inconscientemente, que es mejor no amar y, por lo tanto, no comprometerse en un vínculo afectivo profundo. Emilio Mira y López, psiquiatra español, autor de un ilustrativo libro titulado “Los cuatro gigantes del alma” (Ateneo), afirma, rotundamente, lo siguiente: “El que no ama, por temor a sufrir luego, no sólo es un cobarde sino un automutilador mental”

En definitiva: el que no ama, por temor a sufrir por la pérdida del ser amado, deposita su miedo en el “morir de amor” y la pregunta que se hace es: ¿Valdrá la pena tanto sufrimiento? Es notable la cantidad de personas que asocian el dolor en el pecho y la dificultad para respirar ocasionadas por sentir tristeza con un infarto, hasta el punto de sostener la idea errónea de que la tristeza mata cuando, en realidad, la represión de las emociones auténticas (hay otras que son inauténticas, pero es otro tema) es lo que daña al cuerpo.

Pero…¿Y si, como dije al principio hay, efectivamente, personas que “mueren de amor”? Bueno, lamento desilusionarlos. No se trata de un auténtico amor sino de un fenómeno vincular que se llama simbiosis o co-dependencia en el cual dos personas forman una sola. En mi libro “Parejas Tormentosas”, aclaro que “Cuando dos personas viven como si fueran una sola hasta el punto de perder su identidad individual, decimos que están en una relación simbiótica o que forman una simbiosis. Los dichos populares reflejan verdades. Por ejemplo: cuando se denomina a cada miembro de la pareja como mitades de una naranja: “Ahí viene tu media naranja” . Pero pensemos un instante en este hecho: ¿Qué le pasa a cada una de las mitades de una naranja real si se las deja mucho tiempo a la intemperie? Se secan, pierden su propiedades, la Vitamina C se degrada (…)El concepto de “media naranja” ilustra a la perfección lo que es la codependencia en la pareja. Para no secarse por separado, intentan estar pegados de tal manera que aparentan formar una sola persona. Cada cual existe sólo si el otro existe, de lo contrario, por separado, se secan (…) Como es tan fuerte la necesidad de “no secarse” es imprescindible que estén juntos y a este fenómeno se lo confunde con amor.” (pag. 67)

Las parejas simbióticas no aman, se necesitan. No puede vivir el uno sin el otro. Si el otro muere o redefine el vínculo porque, por ejemplo, leyó un libro sobre parejas o está haciendo psicoterapia, el otro o “muere” simbólicamente haciendo un cuadro depresivo o puede morir literalmente como una manera de “vengarse” del traidor. Este es el “morir de amor”, por eso lo puse entre comillas. Pues nadie muere de amor; más bien se muere por falta de amor.

Luego de esta aclaración, digamos que, para evitar este imaginario sufrimiento por una pérdida imaginaria, la persona que no ama implementa una serie de recursos o mecanismos que le impiden ponerse en juego en una relación de plena intimidad, no sea cuestión de que, sin darse cuenta, se involucre hasta el punto del no retorno. Cortan la relación antes de que prospere con mil subterfugios que van desde desalentar la relación con conductas inapropiadas hasta la manifestación lisa y llana de decir “No sé que siento por ti” No se permiten la posibilidad de explorar sus sentimientos a ver si descubren la realidad del amor. Es como si se basaran en la desafortunada frase de un filósofo que dijo “Todo amor trae la condena de su propio sufrimiento”

Muchos, confunden el enamoramiento y la pasión con el amor y cuando aquello se va extinguiendo deciden que ya no aman cuando, todavía, no dieron lugar a que el amor florezca. ¿Son cobardes, como afirma Mira y López? En realidad, no. Ocurre que han tenido experiencias tempranas de pérdidas y no quieren repetir una historia de sufrimiento: alguna mascota muerta, padres separados, muerte en la familia, mudanzas, reiterados cambios de escuela, amigos que se van del país, algún personal doméstico con antigüedad que se va de la casa, y muchas experiencias traumáticas de pérdida que no fueron lo suficientemente contenidas y explicadas obstaculizando el proceso de duelo de la criatura. En estos casos, en donde se sintió “morir” de dolor, el niño toma una decisión inconsciente “Ah no; conmigo no cuenten. Establecer vínculos que me hagan sufrir nunca jamás”.

Pero todo ser humano ha vivido pérdidas. Judith Viorst escribió un libro altamente recomendable como es “El Precio de la Vida”, cuyo subtítulo es “Las pérdidas necesarias para vivir y crecer” (EMECE). Ya la lectura del título nos indica que es imposible vivir sin pérdidas y que éstas son necesarias para que tal crecimiento se produzca.

¿Dónde reside el núcleo del conflicto que impide que una persona se comprometa en una relación afectiva haciéndole temer por la eventual pérdida? Como dijimos, no tanto en las pérdidas auténticas que vivió de pequeño (con una sola de magnitud es suficiente) sino en la actitud de los mayores ante la reacción del niño frente a la pérdida. Muchos padres, muy bien intencionados, ante la muerte de una mascota, como no soportan, a su vez, la angustia que les provoca la tristeza del hijo, corren a comprarle otro perro o contratan otra mucama o le dicen que la amada abuela sigue viva en el cielo y que, desde allí, sigue estando con nosotros aunque no la veamos o lo quieren convencer de que si su amiguito se fue del país ya va a tener otro amigo igual o mejor, etc.. Lo anterior quiere decir que los padres no comprenden, por sus propios conflictos no resueltos, la emoción de tristeza, natural y desagradablemente saludable, que debe estar asociada a toda situación de pérdida. De la misma manera que la risa está asociada a la emoción de alegría y la tensión muscular a la rabia, para citar unos ejemplos. Al reprimir la tristeza el niño saca, sin saberlo, una conclusión: “sentir tristeza es malo, puede dañarme, enfermarme, quizá morirme. Es mejor no sentirla y, al estar asociada con la pérdida de lo que se ama, es mejor no amar. Si amo… me muero.”

Al reprimir esta emoción se tiene que reprimir, también, el amor siendo esta emoción la que nos vincula con la vida. Entonces, la paradoja en que vive este tipo de personas es: “como al amar puedo sufrir hasta la muerte, es mejor no amar. Para no amar no me tengo que comprometer en vínculos que puedan crecer. Todo vínculo humano es pasible de crecimiento ilimitado. Decido, por lo tanto, tener relaciones superficiales: quizá prostitutas o taxi boys, pero nunca un amor”. En definitiva, esta persona, al no vivir su vida en virtud de lazos de amor, no vive su vida. Vive como si viviera, quizá con adicciones, con exceso de trabajo o drogas varias. Es decir, en la realidad, no vive. Así que, para no morir de amor, vive muerto y sin amor. Esta es la paradoja o “parajoda”, si lo prefiere.

¿Como reemplaza los vínculos de amor? Con fantasías. Su imaginario es muy prolífico. Se enamora de cuanta mujer u hombre se le cruza por el camino, pero no concreta con nadie y si alguien intenta avanzar para consolidar la relación, se defiende como vimos antes, saboteando el vínculo con estrategias, a veces, muy creativas hasta que el otro se cansa y se va.

Si usted está viviendo una situación de estas característica, reflexione sobre lo que está haciendo con su vida. Dese cuenta de que se está mutilando al vivir una existencia a pura anestesia reemplazando lo tan temido, que es el sufrimiento por la pérdida, por otro sufrimiento de mucha mayor envergadura, la amenaza constante de una muerte en vida como es la de terminar su existencia en una abrumadora soledad.

E. Jorge Antognazza

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